CALVINO ITALO

Title:EL BARÓN RAMPANTE
Subject:ITALIAN FICTION Scarica il testo


Italo Calvino

De «El Barón Rampante»
II

Cosimo estaba en el acebo. Las ramas se agitaban, altos puentes sobre la tierra. Soplaba un leve viento; hacía sol. El sol estaba entre las hojas, y nosotros, para ver a Cosimo, teníamos que hacer pantalla con la mano. Cosimo miraba el mundo desde el árbol; todo, visto desde allá arriba, era distinto, y eso era ya una diversión. La avenida ofrecía una perspectiva muy distinta, y los planteles, las hortensias, las camelias, la mesita de hierro para tomar el café en el jardín. Más allá las copas de los árboles raleaban y la huerta descendía en pequeños campos escalonados, sostenidos por muros de piedra; el fondo estaba oscurecido por los olivares y, detrás, la población de Ombrosa asomaba con sus tejados de ladrillo desteñido y pizarra, y se divisaban vergas de barcos allá abajo, donde estaba el puerto. Al fondo se desplegaba el mar, alto en el horizonte, por el que pasaba un lento velero.
El Barón y la Generala, después del café, salían al jardín. Miraban un rosal, fingían no parar mientes en Cosimo. Iban del brazo, pero después se paraban en seguida para discutir y gesticular. Yo me acerqué al acebo en cambio, como jugando por mi cuenta, pero en realidad tratando de llamar la atención de Cosimo; pero él me guardaba rencor y allá seguía mirando a lo lejos. Lo dejé y me acurruqué detrás de un banco para poder continuar observándolo sin ser visto.
Mi hermano estaba como de vigía. Miraba todo, y todo era como nada. Entre los limoneros marchaba una mujer con un cesto. Subía un arriero por la cuesta, agarrado a la cola de la mula. No se vieron entre sí; la mujer, al ruido de los cascos herrados, se volvió y se acercó al camino, pero no llegó a tiempo. Entonces se puso a cantar, pero el arriero pasaba ya la curva, prestó oídos, restalló el látigo y dijo a la mula:
-¡Aah!
Y todo quedó en eso. Cosimo veía esto y aquello.
Por la avenida pasó el Abate Fauchelafleur con el breviario abierto. Cosimo cogió algo de la rama y se lo dejó caer en la cabeza; no vi qué era, quizá una arañita, o un trozo de corteza; no le dio. Cosimo se puso a hurgar con el espadín en un agujero del tronco. Salió una avispa furiosa; él la puso en fuga agitando el tricornio y siguió su vuelo con la mirada hasta una planta de calabaza, donde se escondió. Veloz como siempre, el Caballero Abogado salió de casa, echó a andar por las escalerillas del jardín y se perdió entre las hileras de la viña; Cosimo, para ver adónde iba, trepó a otra rama. Allí, entre el follaje, se oyó un aleteo, y un mirlo alzó el vuelo. Cosimo quedó a disgusto porque había estado todo aquel tiempo arriba y no lo había visto. Estuvo mirando a contraluz si había otros. No, no había.
El acebo estaba junto a un olmo; las dos copas casi se tocaban. Una rama del olmo pasaba a medio metro por encima de una rama del otro árbol; a mi hermano le resultó fácil dar el salto y conquistar así la cima del olmo, que no habíamos explorado nunca por ser de horcadura alta y poco accesible desde el suelo. Desde el olmo, buscando siempre el lugar donde una rama pasaba a un codo de las ramas de otro árbol, se pasaba a un algarrobo, y luego a una morera. Y así veía yo a Cosimo avanzar de rama en rama, caminando colgado sobre el jardín.
Ciertas ramas de la gran morera llegaban al muro de nuestra villa y lo superaban, y allí estaba el jardín de los De Ondariva. Nosotros, aunque limítrofes, no sabíamos nada de los Marqueses de Ondariva y Nobles de Ombrosa, porque al disfrutar ellos desde hacía varias generaciones de unos derechos feudales a los que mi padre aspiraba, un odio recíproco separaba a las dos familias, al igual que un alto muro que parecía el torreón de una fortaleza dividía nuestras villas, no sé si mandado erigir por nuestro padre o por el Marqués. Agréguese a esto el recelo con que los Ondariva circundaban su jardín, poblado, según se decía, de plantas de especies nunca vistas. Ya el abuelo de los actuales Marqueses, discípulo de Linneo, había movido la vasta parentela con que la familia contaba en las Cortés de Francia e Inglaterra para que le enviasen las más valiosas rarezas botánicas de las colonias, y durante años los navíos habían desembarcado en Ombrosa sacos de semillas, haces de esquejes, arbustos en macetas y hasta árboles enteros, con enormes envoltorios de cepellón en torno a las raíces; al final en aquel jardín había crecido-decían-una mezcolanza de bosques de las Indias y de las Américas, si no incluso de Nueva Holanda.
Lo único que nosotros podíamos ver era cómo asomaban por encima del muro las hojas oscuras de una planta recién importada de las colonias americanas, la magnolia, en cuyas ramas negras brotaba una carnosa flor blanca. Desde nuestra morera Cosimo llegó al borde del muro, dio unos pasos en equilibrio, y después, sujetándose con las manos, se dejó caer al otro lado, donde estaban las hojas y la flor de magnolia. Allí desapareció de mi vista, y lo que ahora diré, como muchas cosas de este relato de su vida, me lo contó él después, o bien yo mismo lo deduje de dispersos testimonios e inducciones.
Cosimo estaba en la magnolia. Aunque de ramas tupidas, este árbol era muy accesible para un muchacho experto en todas las especies de árboles, como mi hermano, y las ramas aguantaban el peso, aunque no eran muy gruesas y tenían una madera blanda que la punta de los zapatos de Cosimo descortezaba, abriendo blancas heridas en el negro de la corteza; y envolvía al muchacho en un fresco perfume de hojas, cuando el viento las movía, volviendo las caras en un verdear ora opaco, ora brillante.
Pero lo que olía era todo el jardín, y aunque Cosimo aún no conseguía recorrerlo con la vista, de tan irregularmente espeso, ya lo exploraba con el olfato, y trataba de distinguir los diversos aromas, que ya conocía desde que, atraídos por el viento, llegaban a nuestro jardín, y nos parecían una sola cosa con el secreto de aquella villa. Después miraba las frondas y veía nuevas hojas, algunas grandes y lustrosas como si corriese por ellas un velo de agua, otras minúsculas y emplumadas, y troncos todos lisos o todos escamosos.
Había un gran silencio. Sólo se alzó un vuelo de pequeñísimos reyezuelos, gritando. Y se oyó una vocecita que cantaba: «O la-la... O la ba-lan-çoire...». Cosimo miró hacia abajo. Colgado de la rama de un árbol cercano se balanceaba un columpio, con una niña sentada de unos diez años.
Era una niña rubia, con un alto peinado algo ridículo para una criatura, un vestido azul también demasiado de persona mayor, con una falda que ahora, levantada por el columpio, desbordaba puntillas. La niña miraba con los ojos entornados y la nariz fruncida, como si tuviera la costumbre de hacerse la dama, y comía una manzana a mordiscos, doblando la cabeza en cada ocasión hacia la mano que debía al tiempo sostener la manzana y agarrarse a la cuerda del columpio, y se daba impulso clavando la punta de los zapatitos en el suelo cada vez que el columpio llegaba al punto más bajo de su trayectoria, y escupía con fuerza los trozos de monda de manzana mordida y cantaba: «O la-la-la... O la ba-lan-çoire...», como una muchachita a la que ya no le importa nada, ni el columpio, ni la canción, ni (aunque algo más) la manzana, y tiene otras cosas en que pensar.
Cosimo, desde la cima de la magnolia, se había dejado caer hasta la horcadura más baja, y ahora estaba con los pies plantados uno aquí y otro allá en dos horquetas y los codos apoyados en una rama delante de él, como en un antepecho. Los vuelos del columpio traían a la niña justo bajo su nariz.
Ella no estaba atenta y no se había dado cuenta. De pronto lo vio allí, erguido en el árbol, con tricornio y polainas.
-¡Oh!-dijo.
La manzana se le cayó de la mano y rodó al pie de la magnolia. Cosimo desenvainó el espadín, se inclinó desde la última rama, alcanzó la manzana con la punta del espadín, la ensartó y se la tendió a la niña, que entre tanto había hecho un recorrido completo del columpio y estaba allí de nuevo.
-Cójala, no se ha manchado, sólo está un poco magullada por un lado.
La niña rubia se había arrepentido ya de haber mostrado tanto asombro por aquel muchacho desconocido aparecido allí en la magnolia, y había recobrado su aire afectado y fruncido la nariz.
-¿Sois un ladrón?-dijo.
-¿Un ladrón?-dijo Cosimo, ...

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